Esquerda paralítica (leituras de Verão)

Recentemente, entrevistei o director do Le Monde Diplomatique, Ramonet, que afirmava que a esquerda não pensava há, pelo menos, 15 anos. Na esquerda colocava os partidos da internacional socialista que desde o meio dos anos 80 desistiram de fazer políticas de combate às desigualdades. Esta esquerda “responsável” e com ambições de poder rendeu-se ao monetarismo e esqueceu que as políticas económicas são, antes de tudo, escolhas políticas.

Por seu lado, o falhanço do “Socialismo real” e a queda do muro de Berlim livrou a esquerda anti-capitalista da canga das ditaduras, mas nem o tempo, nem a acção política, permitiu-lhe ganhar massa crítica. Essa esquerda tornou-se profundamente virtual: vive no jogo mediático eleitoral, sem conseguir ter um peso político e uma estruturação social própria. O movimento operário europeu está em crise e limita-se a resistir. Infelizmente, para além das velhas comunidades e afinidades herdadas do século XIX, não parecem estruturar-se novas comunidades para uma acção política futura.

O campo da alter-globalização, que se abriu em 96 em Chiapas, em 99 em Seattle e depois nos Fóruns Sociais Mundiais e Europeus, mostrou ser um caminho muito complicado: se é verdade que a economia e os poderes estão cada vez mais globalizados, também é verdade que a política e a democracia existem sobretudo no terreno nacional. O movimento alter-global à medida que foi tendo sucesso, foi nacionalizado pelos partidos e os poucos ganhos mediáticos foram reinvestidos no terreno nacional (veja-se o caso do Bloco, da Refundação Comunista e do Respect). Resultado: o sucesso não criou um “povo global”, mas matou o próprio “movimento dos movimentos”.

A esquerda anti-capitalista desconfia que qualquer alternativa política e económica tem que transcender o quadro nacional, mas é incapaz de se organizar e fazer unidade de acção na diversidade. O caso francês é paradigmatico, um forte movimento social consegue chumbar a Constituição Europeia, impedir uma legislação laboral anti-social para os jovens empregados (CPE), e, depois , embriagados com a vitória, as esquerdas francesas não se conseguem entender e abrem caminho a uma folgada vitória da direita.

Gostava de voltar a este assunto de uma forma desenvolvida e abordando o caso português, a aliança PS-BE em Lisboa e os activismos fora do quadro eleitoral. Cá ficam, para início de conversa, dois textos saídos na  imprensa europeia, um de Badiou e outro de Jordi Borja.Con dos izquierdas y no estar loco

JORDI BORJA, EL PAIS, 20/08/2007

“La izquierda debe ser ante todo anticapitalista”, dice Rossana Rossanda en unas declaraciones posteriores a la espectacular aparición en el escenario político de Italia del Partido Democrático y de su líder Veltroni. Rossanda, una de las grandes damas y musas de la izquierda intelectual europea, autora de un reciente libro de memorias, premio Strega y del cual se han hecho ya 39 ediciones, no se digna ni criticar al PD ni a Veltroni, los despide con un “no me interesan… son un nacional populismo postberlusconiano”. Destacamos esta rotunda descalificación para indicar el abismo que parece separar las dos izquierdas, tanto en Italia como en otros países europeos. Como Alemania, donde la Linke, unión de los ex comunistas con la izquierda socialista de Lafontaine, se ha convertido también en un aliado tan necesario como difícil para el SPD, cuya apertura hacia el centro, con los Verdes, no parece ser suficiente para reconquistar la mayoría electoral.

La cuestión no es reclamar o debatir sobre el pluralismo o sobre la unidad de la izquierda, si no procurar entender el interés político que les une y la naturaleza del “ser” de cada una que les separa. La evolución de los partidos socialistas hacia el social-liberalismo y las alianzas de centro-izquierda no es una simple cuestión de aritmética institucional, es decir, destinada a formar mayorías gobernantes. El modelo de “partido de masas” propio de la sociedad industrial, de base trabajadora y formado por militantes y cuadros deviene partido de electores heterogéneos y de ocupación de las instituciones Es una opción de fondo: aceptar el marco global, político y económico, introducir paliativos de carácter social y, en aquellos casos que la opinión pública lo acepta o lo exige, mostrar una cierta audacia en algunos grandes temas transversales, como la oposición a la guerra, el ambientalismo o el desarrollo de libertades personales. Es decir, acaba siendo más “centro” que “izquierda”. Los críticos seguramente recuerdan el principio físico-político que formuló el politólogo Duverger hace medio siglo: “El centro es un punto inestable que tiende a inclinarse hacia la derecha”. Aunque la derecha-derecha puede ser suficientemente desagradable y valoriza la moderación, o un cierto conservadurismo, del centro-izquierda.

La otra izquierda, minoritaria electoralmente, busca la inserción o la relación con movimientos sociales críticos y encuadra militantes activistas en un proyecto ideológico alternativo que en el corto plazo tiende a ser defensivo o, en el mejor de los casos, influyente. Su base social en consecuencia son colectivos movilizados y discontinuos, que no aceptan fácilmente los compromisos inherentes a la gestión gubernamental, lo cual convierte a esta izquierda en un inestable aliado cuando se hace necesario su apoyo en las instituciones. Esta izquierda oscila en su discurso entre la referencia tradicional clasista, los trabajadores, los sectores de bajos ingresos, los inmigrantes, pero sin capacidad suficiente para estructurarlos (lo cual con frecuencia los deja en manos de la extrema derecha o de los nacionalismos o de las iglesias y otros fundamentalismos) y el discurso altermundialista, que propone una nueva sociedad, un cambio de civilización incluso, pero en el que faltan las necesarias mediaciones políticas.

El caso italiano es especialmente interesante, pues en él se conjugan dos posiciones muy diferenciadas, casi extremas, que se oponen radicalmente y a la vez se necesitan absolutamente. El Partido Democrático probablemente ofrecerá una imagen fuerte y coherente e incorporará a la gran mayoría de los sectores centristas. Pero parece muy improbable que pueda conseguir una mayoría absoluta. En el mejor de los casos podrá gobernar con el apoyo de una izquierda heterogénea y muy crítica con el proyecto del PD. Esta izquierda existe no sólo socialmente, o culturalmente, también existe en el plano político, incluida una parte del PDS, y sindical (especialmente en la potente CGIL) y tiene un apoyo electoral no despreciable.

La distancia entre la ideología anticapitalista de esta izquierda y su apoyo a las reivindicaciones sociales radicales son difícilmente

Pasa a la página siguienteconciliables con los muy moderados objetivos reformistas que puede plantearse el PD. Estas contradicciones son manejables en la oposición, incluso permiten un apoyo parlamentario por un tiempo. Pero con independencia de la voluntad de los protagonistas son inevitables los momentos en que uno de los dos, o ambos, dirán “non possumus”, como dice ahora el presidente de la Cámara de Diputados Bertinotti (de Refundación Comunista) citando al Papa Pío IX (cuando la Questione Romana).

Las diferencias no son sólo de ideología y de estrategia, también lo son de base social y electoral y de tipo de partido. El PD es un partido de electores, que se dirige a una opinión pública temerosa de los cambios y consciente del grado de bienestar adquirido. Un partido que se orienta por sondeos de opinión, gestiona las instituciones y respeta estrictamente el marco legal y económico existente. El PD y Veltroni, como hizo Blair antes, ha adecuado el discurso y la estética a lo que considera su práctica posible. Un partido un poco reformista y un bastante conservador, como lo es hoy gran parte de su electorado. De cultura buenista y de estética pop. La ideología se transmuta en “valores”, la estrategia en publicidad y la militancia en aspirantes a cargos públicos.

La izquierda política de tradición marxista (pero también cristiana, verde, sindicalista, etcétera) es un partido de activistas, que se dirige a los sectores que combaten los efectos perversos del capitalismo globalizado y que aspira a ampliar su fuerza en la sociedad para influir en las instituciones. De cultura “anticapitalista” y de estética resistencialista.

Es decir, nos encontramos en una dialéctica complicada. En la Europa actual parece inevitable que coexistan estas dos “izquierdas”, de fuerza desigual, que se necesitan y se oponen. Sumadas pueden llegar a ser mayoría electoral, pueden incluso aprobar programas conjuntos, que para unos es de mínimos y para los otros es de máximos. Pero si gobiernan sus acuerdos serán precarios. A pesar de que el desacuerdo conlleve entregar el gobierno al adversario principal, como ya hizo precipitadamente Refundación en el pasado lo que permitió el renacimiento de Berlusconi. O dejar que una derecha renovada ocupe el espacio donde confluyen los deseos de cambio, como ha hecho Sarkozy en Francia.

La necesidad les empuja al acuerdo. El “centro izquierda” existe para ganar elecciones y gobernar, sus miembros están destinados a ocupar, directa o indirectamente cargos públicos, les conviene la estabilidad institucional. La izquierda anticapitalista sabe que favorecer el acceso al poder a la derecha es un coste que incluso una parte de su base no le perdonará, y además sabe que su presencia en las instituciones le permite desarrollar una influencia en la sociedad mucho mayor. Pero la naturaleza de ambas no facilita un acuerdo estable. Los gobiernos de centro-izquierda se verán presionados por reivindicaciones sociales que considerarán no asumibles y su práctica de gobierno se confrontará con la ética y la estética de la izquierda radical. Y ésta, sus militantes, sus intelectuales “orgánicos” y los dirigentes que necesitan su apoyo no pueden permitirse el lujo de perder su inserción en los sectores más dinámicos y conflictivos, es su razón de existir. Un dilema que sólo podrá resolverse positivamente si en ambos bloques existen sectores capaces de mediar entre unos y otros, como pueden ser los dirigentes sindicales y los políticos insertos en las instituciones y en los movimientos de base local.

En Italia como en España el fuerte rechazo que generan dirigentes como Berlusconi o los del PP puede facilitar este encuentro y quizás pueda crear un ambiente propicio a un acuerdo sobre temas sensibles, que vayan más allá del consenso pasivo electoral. Es decir, que estimulen consensos activos en la “sociedad política”; es decir, en la opinión pública democrática movilizada, lo cual puede hacer perder el miedo del centro-izquierda moderado a ir demasiado lejos (como ocurre con temas como el matrimonio de las parejas de hecho en Italia o la memoria histórica en España) y a que la otra izquierda, radical, acepte ritmos de cambios realistas, es decir, que no lleven a una debacle electoral.

Jordi Borja es profesor de la Universidad Oberta de Catalunya.

L’intellectuel de gauche va disparaître.
Tant mieux

Article paru dans Le Monde 15.07.07
Philosophe et militant, Alain Badiou estime que le « sarkozysme » ne laisse plus d’autre choix qu’entre radicalisme et « ralliement réactionnaire ». Il dénonce l’usage de la référence à Israël et au mot « juif » par certains intellectuels français pour justifier l’option réactionnaire

Comment interprétez-vous les changements politiques et électoraux récents ?

Comme la véritable fin de la forme française de l’après-guerre : un système droite-gauche qui avait en partage un bilan très particulier de la guerre, du pétainisme et de la Résistance. Le système gaullo-communiste. Chirac était le Brejnev du gaullisme, c’est-à-dire celui qui conserve un système délabré, et dont l’idée prudente est qu’il vaut mieux ne rien faire. L’élection de Nicolas Sarkozy et le fait que des gens présumés de gauche entrent dans son gouvernement sonnent le glas de cet après-guerre. En attendant, quelle est cette nouvelle droite qui, n’étant plus gaulliste, est capable de siphonner les voix de l’extrême droite ? Disons les évidences : capitalisme décomplexé et réhabilitation à la fois factice et agressive du signifiant national.

Hormis les antiques maximes de la réaction « C’est très bien d’être riche » et « Que les pauvres travaillent plus et nous obéissent », le contenu positif du sarkozysme est incertain. Son contenu négatif est bien connu : persécution des étrangers, surtout s’ils sont ouvriers et/ou pauvres ; ministère spécial pour « s’occuper » des affaires de ces gens-là ; mise au pas répressive de la jeunesse populaire. La vraie campagne de M. Sarkozy n’a pas été l’élection présidentielle mais son action en tant que ministre de l’intérieur. Sa loi sur les étrangers, aussi scélérate que peu connue du public, et les rodomontades policières ont fait entrer de façon ouverte le lepénisme dans l’Etat et enterré l’« exception française ». D’où la déconfiture totale de la gauche et de l’extrême gauche, cramponnées au consensus d’après-guerre.

Quelles conséquences ces changements politiques peuvent-ils avoir sur la vie intellectuelle ?

Le ralliement à M. Sarkozy symbolise la possibilité pour des intellectuels et des philosophes d’être désormais des réactionnaires classiques « sans hésitation ni murmure », comme dit le règlement militaire. Sont compris dans ce ralliement la fréquentation corrompue des riches et des puissants, la xénophobie antipopulaire et l’adoration de la politique américaine. Autrefois, quand un intellectuel était de droite, il avait des complexes. Même Raymond Aron en avait ! La séquence de l’après-guerre avait constitué le personnage bien typé de l’intellectuel de gauche. Nous allons assister – ce à quoi j’aspire – à la mort de l’intellectuel de gauche, qui va sombrer en même temps que la gauche tout entière, avant de renaître de ses cendres comme le phénix ! Cette renaissance ne peut se faire que selon le partage : ou radicalisme politique de type nouveau, ou ralliement réactionnaire. Pas de milieu.

Vous êtes, depuis la parution de Circonstance, 3. Portées du mot « juif » (Lignes, 2005), au coeur d’une polémique intellectuelle à propos de vos positions sur Israël que certains pensent favorables à sa disparition. Qu’en pensez-vous ?

Je crois que cette polémique, si on la prend à son niveau le plus consistant et le plus élevé, tourne autour de la question de l’universel. Quel est le rapport entre le mot « juif » dans toute son extension, sa résonance historique et intellectuelle, et l’universalité émancipatrice ? L’universalisme subit une attaque de droite qui maintient qu’il faut revenir aux nations, aux traditions, à la religion, à la morale des familles, etc. Mais il doit compter aussi avec une attaque de gauche qui soutient que l’universalisme abstrait a toujours été une forme d’impérialisme intellectuel et qui pense que les identités sexuelles, raciales ou communautaires doivent être défendues. Contre quoi ? Eh bien, finalement, contre l’abstraction du marché. Dans ce débat, j’estime occuper une position médiane, même si j’ai la dent dure. Je m’oppose à la défense traditionaliste des identités morales, nationales ou religieuses, mais aussi à la défense moderniste qui prétend faire des identités le coeur de l’opposition politique au capitalisme mondialisé. Tel est le contexte dans lequel j’aborde la question du mot « juif ».

Pourquoi réduisez-vous la question à un mot ? N’est-ce pas une réalité ?

Bien sûr ! « Français » aussi… Mais « être français » ne m’empêche pas d’être d’origine africaine, ou aristocrate héréditaire, ou à moitié allemand, ayant telle ou telle idée de mon pays, héritier de la Révolution française ou au contraire fétichiste d’un terroir… Sous le mot, de valeur variable, on trouve une multiplicité infinie. Je polémique contre ceux qui disent que « juif » est un nom, et non pas un mot, c’est-à-dire ceux qui soutiennent que le mode de rassemblement que ce nom forme est unifié et absolument irréductible à tout autre. A mon avis, cela n’est soutenable que si intervient la transcendance divine. Dans ce cas, et dans ce cas seulement, on peut soutenir que « juif » est un nom, parce qu’il s’inscrit dans l’espace d’une élection : « juif » est le nom de l’Alliance. Je soutiens, comme le fait de façon cohérente Levinas, qu’il n’est pas possible de maintenir cette exception nominale sans l’appui de la religion.

Ma cible n’est en réalité ni le sionisme, ni l’existence de l’Etat d’Israël, ni même un certain type de relation entre l’identitaire et l’Etat. Je critique une instrumentation idéologique du mot « juif » dans la polémique intellectuelle, spécialement en France, à des fins que je crois liées à la vague réactionnaire dans laquelle nous sommes plongés depuis près de trente ans. Il serait terrible pour les juifs, cette multiplicité vivante, de laisser le mot dont ils se réclament, et qui est lié de longue date aux aventures de l’universel, devenir l’emblème du capitalisme modernisé, de la xénophobie anti-arabe ou anti-africaine et des guerres américaines. Je constate, avec une vraie douleur, que toutes sortes de gens dont j’ai été proche, parfois de chers amis, qui vers 1970 gravitaient autour du maoïsme révolutionnaire, ont pratiqué peu à peu la référence au mot « juif » et à l’Etat d’Israël comme un support pour quelque chose de politiquement et d’intellectuellement plus vaste, que l’on peut appeler la réinsertion dans l’Occident. Par « Occident », je veux dire l’ensemble des pays développés et « démocratiques », leur puissance et leur mode de vie jugé supérieur. Le traumatisme inouï qu’a été l’extermination des juifs d’Europe dans les chambres à gaz du nazisme rend cette instrumentation redoutable, parce qu’elle sidère la pensée, l’immobilise dans une mémoire conservatrice.

On vous accuse de vous attaquer à la mémoire de la Shoah, ou du moins à ses usages. Est-ce parce qu’elle a servi l’itinéraire que vous dénoncez ?

Je pense que la promotion des massacres et des victimes comme seuls contenus intéressants de l’Histoire est liée à un processus profond de dépolitisation. Examiner toutes les situations exclusivement à travers des catégories morales conduit à l’impuissance politique. D’autre part, je ne pense pas que la mémoire soit une bonne catégorie si l’on désire la non-répétition des désastres, parce que cette non-répétition suppose un jugement rationnellement constitué sur ce qui s’est passé. Une mémoire émotive fondée sur l’horreur et ses images est en réalité ambivalente. Distinguer entre ce qui relève de l’émotion de répulsion et l’émotion de fascination est très difficile. Oui, je me méfie de la mémoire. Tout autant de la mémoire des atrocités coloniales ou du stalinisme que de la mémoire du nazisme. L’intelligence politique et historique doit universellement remplacer la douteuse mémoire, proie désignée des propagandes.

C’est en ce sens que vous suggérez dans Circonstances, 3 d’oublier l’Holocauste ?

Cette phrase, dont je veux rappeler qu’elle figure dans un entretien avec le journal israélien Haaretz, était, vous vous en doutez, d’une imprudence calculée : elle ne pouvait se comprendre que dans le contexte, traitant des conditions de possibilité d’un dialogue entre Palestiniens et Israéliens. La phrase suivante précise aussitôt qu’un tel oubli est évidemment impossible.

N’est-ce pas la mémoire de la Shoah qui conserve, au moins en Occident, sa légitimité à l’Etat d’Israël ?

Que les choses soient claires : je n’ai jamais pensé que le destin des Israéliens était d’être jetés à la mer. Je ne crois pas non plus que la question des frontières d’Israël soit au coeur du problème. De l’intérieur d’une situation assumée, autrement dit en déclarant que l’installation de centaines de milliers de juifs à cet endroit-là est irréversible, j’estime que l’idée régulatrice, pour le devenir de la région, ne peut être que la vie mêlée des Palestiniens et des Israéliens sur une même terre. J’ai toujours pensé que la formule d’« Etat juif » était une formule périlleuse. Aujourd’hui, les politiques émancipatrices veulent que les nationalités et les Etats ne soient pas exclusivement définis en termes identitaires ou raciaux. Au minimum : le droit du sol contre le droit du sang. Israël sera nécessairement pris dans ce devenir, où l’universel s’établit peu à peu là où régnait la particularité.

Cela vous paraît mettre en question la légitimité d’Israël comme Etat juif ?

Vous savez, j’ai certainement écrit des choses beaucoup plus violentes contre la France que contre l’Etat d’Israël ! Le sionisme peut être inscrit dans une dimension coloniale, mais aussi dans une dimension révolutionnaire. Il a combiné les deux aspects, c’est ce qui en fait un phénomène singulier. Que des gens qui se désignaient au sein des nations européennes comme une minorité particulière de caractère national – la minorité juive – aient voulu trouver un lieu où réaliser territorialement cette identité sous la forme d’un Etat est une réalité historique qui, comme toute autre réalité de ce genre, n’est ni légitime ni illégitime. Ce que je ne crois pas raisonnable, c’est que cette aventure soit mise en exception des aventures nationales du même ordre, voilà tout.
Propos recueillis par Nicolas Weill

Sobre Nuno Ramos de Almeida

TERÇA | Nuno Ramos de Almeida
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